Vivimos en una era en la que la libertad parece estar a un clic de distancia. Sin embargo, nunca habíamos dependido tanto de sistemas, algoritmos y plataformas que condicionan nuestra identidad, nuestras decisiones y nuestra privacidad.
El teléfono móvil, símbolo del progreso y de la conectividad permanente, se ha convertido —sin que apenas lo percibamos— en el epicentro de una nueva forma de dependencia: la servidumbre digital.
Del trabajo a la hiperconexión
El modelo tecnológico actual ha difuminado las fronteras entre lo personal y lo laboral. Lo que en su origen fue una herramienta de comunicación es hoy una extensión de la identidad digital: una oficina portátil, un dispositivo de monitorización constante y una herramienta con impacto directo en la organización social.
Las notificaciones continuas, las métricas de productividad y la autoexposición permanente han configurado una sociedad hiperconectada, en la que la atención se ha convertido en un recurso de alto valor y el tiempo de desconexión en un bien cada vez más escaso.
En Galicia, como en el conjunto de Europa, esta transformación plantea un reto social y ético de primer orden: cómo equilibrar innovación, productividad y protección de los derechos digitales de la ciudadanía.
Los riesgos invisibles de la dependencia digital
Cada vez que se desbloquea un dispositivo móvil se generan y comparten fragmentos de información personal. La geolocalización, los hábitos de consumo, los patrones de descanso o los datos recopilados por aplicaciones de salud contribuyen a la creación de perfiles digitales de gran precisión.
Estos datos sustentan modelos económicos basados en la recopilación masiva de información y en la anticipación del comportamiento, una realidad que la ciberseguridad no puede ignorar. Los incidentes recientes en plataformas digitales, las filtraciones de datos a gran escala o la proliferación de aplicaciones aparentemente gratuitas que monetizan los hábitos de uso evidencian que la servidumbre digital no requiere mecanismos visibles de imposición: basta con aceptar condiciones de uso extensas y poco comprensibles.
Resistencia y conciencia: claves para una ciberseguridad centrada en las personas
El desafío no es únicamente tecnológico, sino también cultural y educativo. La primera línea de defensa comienza en cada persona. Fomentar una conciencia crítica sobre el valor de los datos personales y sobre los diseños digitales orientados a la dependencia resulta tan relevante como la adopción de medidas técnicas de protección.
Hablar hoy de ciberseguridad implica abordar cuestiones relacionadas con la salud mental, la sostenibilidad tecnológica y la defensa de los derechos digitales. No se trata solo de proteger dispositivos, sino de reforzar la capacidad de decisión individual frente a un modelo que incentiva la conexión permanente, la previsibilidad del comportamiento y la explotación intensiva de la información.
Hacia una soberanía digital gallega
La ciberseguridad no puede limitarse al uso de contraseñas robustas o cortafuegos avanzados; debe aspirar a una verdadera soberanía digital. En Galicia, el impulso de una transformación digital ética y sostenible representa una oportunidad para promover alternativas tecnológicas abiertas, reforzar la formación en privacidad y consolidar un ecosistema digital basado en la confianza, el conocimiento y el interés público.
Construir una Galicia digitalmente libre no es una utopía, sino una condición necesaria para garantizar que la tecnología esté al servicio de las personas y no al revés.
Como advertía el filósofo Byung-Chul Han “la nueva esclavitud no se impone con látigos, sino con notificaciones”